Una noche de invierno, la lámpara se apagó sin razón. Elías sopló, encendió una cerilla y se quedó observando el humo. Había cuidado tantas historias que la suya propia había quedado en segundo plano. Decidió entonces escribir su última carta. La leyó frente al espejo: «Puedes crear tu propia compañía; no estás destinado a esperar la aprobación de otros». Al día siguiente dejó la biblioteca en manos de Mara, quien la regenteó con la misma ternura.